Palabra de vida

MAYO 2019
«Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos» (Hch 1, 8).

El libro de los Hechos de los Apóstoles, escrito por el evangelista Lucas, comienza con la promesa que Jesús Resucitado hace a los apóstoles poco antes de dejarlos para volver definitivamente al Padre: recibirán de Dios mismo la fuerza necesaria para continuar anunciando y construyendo su Reino en la historia humana.

No se trata de alentar un «golpe de estado» o de lanzar a un poder político o social en contra de otro, sino de la acción profunda del Espíritu de Dios cuando es acogido en los corazones, que hace «hombres nuevos».

Al poco tiempo descenderá el Espíritu Santo sobre los discípulos reunidos con María, y ellos, partiendo de la ciudad santa de Jerusalén, difundirán el mensaje de Jesús hasta los «confines de la tierra».

«Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos».

Los apóstoles, y con ellos todos los discípulos de Jesús, son enviados como «testigos».

En efecto, cuando el cristiano descubre a través de Jesús lo que quiere decir ser hijo de Dios, descubre también que es enviado. Nuestra vocación y nuestra identidad de hijos se realizan con la misión, yendo hacia los demás como hermanos. Todos estamos llamados a ser apóstoles que testimonian con su vida y luego, si hace falta, con la palabra.

Somos testigos cuando adoptamos el estilo de vida de Jesús. Es decir, cuando cada día, en nuestro entorno familiar, laboral, de estudio o de ocio nos acercamos a las personas con espíritu de acogida y con ánimo de compartir, pero teniendo en el corazón el gran proyecto del Padre: la fraternidad universal.

Cuentan Marilena y Silvano: «Cuando nos casamos queríamos ser una familia acogedora con todos. Una de las primeras experiencias la hicimos en vísperas de Navidad. No queríamos que las felicitaciones fuesen un saludo apresurado a la salida de la iglesia, y se nos ocurrió la idea de ir nosotros a casa de nuestros vecinos llevando un detalle. Todos se mostraban sorprendidos y contentos, especialmente una familia que muchos procuraban evitar: nos abrieron el corazón, nos contaron sus dificultades, nos dijeron que nadie había ido a su casa en muchos años. La visita duró más de dos horas, y nos conmovimos al ver la alegría de aquellas personas. Así, poco a poco, con el único esfuerzo de estar abiertos con todos, entablamos relación con muchas personas. No siempre ha sido fácil, porque a veces una visita imprevista nos cambiaba los planes, pero siempre teníamos en cuenta que no podíamos perder estas ocasiones de crear relaciones fraternas. Una vez nos regalaron una tarta y se nos ocurrió compartirla con una señora que nos había ayudado a encontrar regalos para mandar a Brasil. Le encantó la idea, y a nosotros nos dio la ocasión de conocer a su familia. Al despedirnos, nos dijo: “Ojalá tuviese yo este valor de ir a ver los demás”».

«Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos».

Todos los cristianos hemos recibido el Espíritu Santo como regalo en el bautismo, pero Él habla también a la conciencia de todas las personas que buscan sinceramente el bien y la verdad. Por eso todos podemos hacer sitio al Espíritu de Dios y dejarnos guiar.

¿Cómo reconocerlo y escucharlo?

Puede ayudarnos este pensamiento de Chiara Lubich: «[…] El Espíritu Santo habita en nosotros como en su templo, nos ilumina y nos guía. Es el Espíritu de verdad que hace comprender las palabras de Jesús, las hace vivas y actuales, nos enamora de la Sabiduría, sugiere lo que debemos decir y cómo debemos decirlo. Es el Espíritu de Amor que nos inflama con su mismo amor, nos hace capaces de amar a Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas, y de amar a todos los que se cruzan en nuestro camino. Es el Espíritu de fortaleza que nos da el valor y la fuerza de ser coherentes con el Evangelio y dar siempre testimonio de la verdad. […] Con y por este amor de Dios en el corazón podemos llegar lejos y hacer partícipes a muchísimas otras personas de nuestro descubrimiento: […] los “confines de la tierra” no son solo los geográficos. También indican, por ejemplo, personas cercanas a nosotros que aún no han tenido la alegría de conocer en verdad el Evangelio. Hasta ahí tiene que llegar nuestro testimonio. […] Por amor a Jesús se nos pide “hacernos uno” con cada cual, olvidándonos completamente de nosotros mismos, hasta que el otro, dulcemente herido por el amor de Dios en nosotros, quiera “hacerse uno” con nosotros en un intercambio recíproco de ayuda, de ideales, de proyectos y de afectos. Solo entonces podremos dar la palabra. Y será un don, por la reciprocidad del amor»[1].
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LETIZIA MAGRI.

[1] C. Lubich, «Seréis mis testigos», en Ciudad Nueva n. 399 (6/2003), pp. 24-25.

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